viernes, 21 de abril de 2017

CON LAS MANOS EN ALTO

Por Emilio Suárez

Hago la anotación responsiva: Nosotros no robábamos por vicio o necesidad. Lo hacíamos para que la demás gente aprendiera a perder. Éramos educadores pretenciosos.

Y es que nuestro periplo por las funerarias en los actos de velación nos dejaba ante escenarios en que las personas se desataban en un incontenible llanto fruto de un arrepentimiento tardío, lo que nos indicaba de que nadie esta exento de la tristeza pero que hay que saber perder.

Apunto aquí el hecho de que era necesaria ya una cultura de la muerte. Ya que según rezan los filósofos la muerte hace parte también del proceso vital. Y es por tanto necesaria una premisa que haga llevadera a la muerte natural como un ciclo necesario e indispensable.

Así las cosas en menos de dos años éramos unos adolescentes irascibles, rayando paredes e incitando a la autoridad a la humildad. No le conveníamos a la potencia global ni a nuestras madres, por tanto fuimos desterrados y tuvimos que tomar caminos distintos para poder evadir el cerco. Sin embargo nuestros huesos fueron lanzados con costal y todo a cárceles y manicomios y los más sensatos se hicieron unos trota mundos dispuestos a entregarse a la primera filosofía que les reclutara.