jueves, 26 de febrero de 2015

MEMORIAS DE UN CONTADOR PÚBLICO NADAÍSTA: PASO SEIS

Por Alejandro

Ser un contador Público es aburrido y ser o estar aburrido es lo peor. La personalidad del Profesional sin embargo suele ser introvertida. Eso de pasar hora y horas frente a un computador, en el encierro y en el consumo de agua y café y pasar y pasar las páginas y firmar y firmar es propio de una rutina muy parecida a una tortura que se paga con dolores de espalda y un cansancio ocular.

Y si bien de la rutina a la calma hay un corto camino, el Contador Público es el personaje menos celebre, aunque también se le tiene por alguien que abusa de los tragos y de repente exhala las verdades más terribles, secretos de oficina y de cama.

Sé que por escribir esto me he ganado ya la espalda de mis colegas, pero a estas alturas mi relato va en pañales y el trabajo se me va amontonando sobre el escritorio, entre códigos que no existen y el programa contable del que hay que guardar una copia de seguridad para posibles eventualidades.

Benditas las mujeres que pueden con varias tareas a la vez, y bienaventurados los homosexuales que a todas estas admiro por su inteligencia y orden, yo soy un ser extrapolado de la humanidad, me siento un extranjero en medio de un sistema caótico, las órdenes las recibo serio, acontecido, más turbado que el día anterior y con la sentencia mística de que la Contabilidad no se ríe. Para mantener mi ritmo y no dejarme amilanar por el trabajo voy a echar mano de unas píldoras amarillas. Y todo se me convierte en un vicio: el trabajo, la sexualidad, el pensamiento. Y solo de esa época saqué en limpio esto que escribo: qué perdedera  de tiempo dirá usted, ni me viene, ni me va.